It is an object first, then a picture of something
-Mary Heilmann
Borges dijo que el mar era para los ingleses como un espejo, su símbolo; para los alemanes, entonces, el bosque, sus oscuridades y misterios. Para una generación tan corta y espasmódica como la hondureña (centroamericana es más apropiado a mi parecer, pero las fronteras son tan adictivas), una raza no-raza, un mestizaje de los más exquisitos, para nosotros, ni el mar ni el bosque. Podría decirse tal vez, la jungla o la montaña, pero estaríamos mintiendo. ¿Cuál es nuestro símbolo entonces?
La verdad es que el lago Yojoa, contaminado hasta el borde por compañías mineras internacionales (con mano de obra nacional) y la pesca desaforada, para merenderos asquerosos que han pasado de ser una atracción turística a poco más que una estancia de mala muerte para camioneros y matones de la carretera norte, no es nuestro símbolo. Nuestros ríos son más apestosos que la caca que los rebalsa, hediondos como solo ellos, con un color improbable de heces humanas, animales y bacterianas que podría ser parte de un episodio de un filme de ciencia ficción o terror. Las montañas, en tiempos de lluvia, tienen un verde espléndido, majestuoso y solo visto acá. Es una pena que sean víctimas de tanto incendio que no comprendemos por qué existe ni de donde sale. En mis 30 años de vivir en este país, nadie me ha dado una respuesta concreta de quien causa los incendios. ¿Será tan difícil de localizar el paradero de estas personas? Lo más que he recibido como respuesta es que son algunos desquiciados que les da por incendiar. Poco convincente, pero estamos, como se dice, en Honduras.
¿Y qué es Honduras? Pues a mi parecer, la selección de fútbol. Sus jugadores heróicos, sus partidos mitológicos, su entrenador paternal. No ha pasado un día en los últimos meses que no haya una noticia sobre la selección, desde su ropa y marcas preferidas, a las alineaciones, los partidos de fogueo, etc. La selección de fútbol nos identifica, más que los nacatamales, pupusas, la bandera o un tal Francisco Morazán. Además, Morazán está enterrado en San Salvador, a petición de él mismo o por nuestra indiferencia al menos. Las historietas falaces que nos cuentan en la escuela primaria son una travestía comparadas con los hechos reales de conquistadores desquiciados y sanguinarios, de un idiota genoés responsable por uno de los genocidios mayores de la historia humana que, por si fuera poco, tenía una estatua cerca de nuestro patético aeropuerto. Como decía Marx sobre la religión como opio, podríamos decir del fútbol para nuestro país, por suerte lo tenemos, porque la realidad allá afuera es un poco fétida. Somos junto con El Salvador, el país que tiene más homicidios per capita del mundo, solo para que veamos la fealdad de la realidad.
Entonces, la muerte en realidad es el espejo de nuestras vidas. La muerte, la miseria y la posibilidad de entrar a un mundial de fútbol.
Al menos.